La utopía liberal y el capitalismo realmente existente

28 septiembre 2012 | Categorías: Opinión | |

José Antonio Cerrillo — ATTAC Andalucía

Hagamos un poco de pedagogía. Hay que distinguir con claridad tres conceptos:

  • Capitalismo: sistema social (el nuestro para más señas) que se caracteriza por tener como prioridad absoluta la acumulación constante y ampliada de capital, o sea, ganar dinero para ganar más dinero. Es el único (sí, el único) sistema histórico conocido en el que todas las esferas de la sociedad se ponen al servicio de la economía.
  • Mercado: uno de los tres tipos de intercambio económico conocidos (para los curiosos, los otros dos son la reciprocidad y la redistribución). Supone tres cosas: 1) alguien que posee una mercancía y quiere venderla -el ofertante-; 2) otra persona que desea esa misma mercancía -el demandante-; y 3) que el intercambio se produce una vez vendedor y comprador llegan a un acuerdo sobre el precio de la mercancía que les parece justo a ambos. Una vez concluida la transacción, los participantes no tienen mayor obligación el uno con el otro, de ahí que el mercado sea el tipo de intercambio económico más impersonal, el que menos lazos sociales crea. En cualquier caso: no existe capitalismo sin mercado (aunque sí desde luego sin mercado libre), pero mercados han existido muchos siglos antes de que el capitalismo existiese, y presumiblemente existirán después de que éste desaparezca.
  • Liberalismo: doctrina filosófico-político-moral que postula A) la libertad del individuo por encima de todo; B) que esa libertad se define sobre todo de forma negativa, es decir como ausencia de límites a lo que el individuo puede hacer. De ahí que en la tradición liberal las leyes o los impuestos se consideren restricciones a la libertad (aunque sean ciertamente necesarios), y por tanto hayan de ser reducidos al mínimo posible. Como escuela económica, el liberalismo apuesta por un mercado universal, en el que los individuos intercambian alegremente sus mercancías, de modo que se alcance un equilibrio justo en función de lo que cada uno aporta al mercado.

Merece la pena hacer estas distinciones, porque es muy común entre los tertulianos, todólogos y demás opinadores de la fauna mediática hispana (y no tan hispana) tender a confundirlos, e incluso a añadir un cuarto término al mix: democracia, ¡nada más y nada menos! Pero como podemos observar, son términos muy distintos, que designan cosas muy diferentes y a veces hasta enfrentadas.

El gran problema del liberalismo ha sido siempre el difícil encaje entre su utopía mercantil y el capitalismo realmente existente, un poco como los comunistas que defendían la URSS. Porque claro, ¿de verdad se puede defender el mercado como institución capaz de distribuir justamente los recursos y las recompensas cuando unos pocos conglomerados multinacionales acumulan más poder que los estados? Es difícil hablar de competencia leal con unas asimetrías tan descomunales. Liberales honestos, como Schumpeter, criticaban vivamente la emergencia de grandes corporaciones empresariales, a las que acusaban de terminar con el modelo de “empresario emprendedor”, que consideraban el motor del dinamismo económico. Y tengan por seguro que a Adam Smith, a quién debemos la famosa metáfora de la “mano invisible” del mercado, le escandalizaría que alguien se considere “empresario” sólo por invertir dinero en una empresa, sin participar de su gestión ni de su prosperidad, pero disfrutando de los beneficios que esta produce. A esos el buen Smith les llamaba, con toda justicia, rentistas.

Otro gran problema del liberalismo es que no suele cuestionar el origen de la riqueza, simplemente asume que quién es rico, es porque se lo ha ganado. Pero, ¿qué esfuerzos ha hecho por ejemplo la Duquesa de Alba para disfrutar de su más que desahogada posición?, ¿qué ha aportado a la sociedad para que el mercado le premie tan generosamente? Es más, para que todo el mundo entrase al mercado en igualdad de condiciones, ¿no sería apropiado abolir la herencia, de manera que los hijos de los ricos no gozaran de una ventaja de partida?, ¿y qué hacemos con aquellos que nacen con una desventaja, por ejemplo una minusvalía de nacimiento?

De hecho, como ya dedujo hace décadas el gran historiador Fernand Braudel, un mercado de competencia perfecta como el que sueñan los liberales (ya saben, uno en el que hay muchos ofertantes y demandantes sin que ninguno pueda ocupar una posición dominante, de forma que los precios son determinados por el libre juego del mercado y se consume todo lo que se produce de forma eficiente) no es posible en el capitalismo. ¿Por qué? Porque un mercado de esas características hace que los beneficios se equilibren: si hay muchos productores de características similares, nadie puede sacar una tajada suficientemente amplia. Y como hemos visto, el capitalismo no trata de eso, sino de acumular cada vez más y más dinero. Por eso, como muestra la experiencia, el capitalismo tiende menos a ese quimérico mercado ideal que a la formación de gigantescos oligopolios.

Es verdad, estoy simplificando en exceso en mi esfuerzo por ser didáctico. Los grandes autores liberales son bastante más refinados. Pero los argumentos de la masa de opinadores autodenominados liberales, y el mensaje con el que se trata de influir en la opinión pública, son así de vulgares, es así de sencillo desmontarlos. Así que no se deje engañar: mercado, liberalismo y capitalismo están lejos de ser sinónimos. Y lo son menos aún de democracia.

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