El nacionalismo de los de arriba y el de los de abajo

29 septiembre 2012 | Categorías: Opinión | |

Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón

Desde hace unas semanas, los nacionalismos ibéricos andan especialmente enfrentados y enconados. Por ejemplo, el 11 de septiembre pasado, con motivo de la celebración de la Díada catalana, hubo una gran manifestación popular en Barcelona, aunque quedan también pendientes las elecciones vascas el 21-O. Sin embargo, desde hace siglos el nacionalismo dominante ha sido el “español”, que dice hundir sus raíces en Leovigildo, Pelayo, el Capitán Trueno, los Reyes Católicos e incluso la bendición misma del único dios verdadero.

El nacionalismo hispano llegó a su cenit con la dictadura del “Caudillo de España por la Gracia de Dios”, que reprimió fieramente cualquier asomo de otro nacionalismo, prohibió sus lenguas, enseñas y tradiciones, y encauzó todo lo hispánicamente correcto bajo el sacro palio del Frente de Juventudes, la Sección Femenina y el Movimiento Nacional, cuyos principios juró guardar y hacer guardar el actual Jefe del Estado español, continuador además de la saga de los Borbones.

En el horizonte de España hemos visto durante mucho tiempo juntos y enhiestos el toro de Osborne y el más apodíctico de los axiomas visigóticos: la supremacía española, con una larga experiencia de transitar por el imperio hacia dios, sobre lo luso, lo catalán, lo gallego, lo aragonés, lo vasco, lo andaluz, lo extremeño y sobre todo lo que se le pusiera por delante.

No contento con ello, el nacionalismo hispánico combatió, reconquistó y expulsó a judíos y a sarracenos, a protestantes y humanistas, a disidentes, en fin, en general, así como también reprimió, exilió, prohibió, quemó, encarceló y asesinó a comunistas, socialistas, anarquistas, separatistas, masones y republicanos díscolos en general. Asombrosamente, ese mismo nacionalismo pretende persuadir ahora de que el himno, la bandera, y demás emblemas identitarios son de todos. Sin embargo, muchos y muchas no lo ven ni lo sienten así, por mucha hiperbandera que ponga Esperanza Aguirre en la madrileña plaza de Colón o por mucho que suba el volumen de la megafonía del estadio cuando Satán consigue que juegue una final de fútbol (con los Borbones delante) un equipo catalán versus uno vasco.

No obstante, todo este asunto es asimismo, en cierto modo, una redomada tomadura de pelo: desde los visigodos convertidos y los concilios de Toledo, pasando por los Reyes Católicos, los Austrias y los Borbones, y llegando hasta nuestros días, una buena parte del pueblo sigue pasando penuria y estrechez, carece de trabajo, de vivienda digna, y contempla como la clase acomodada y alta vive cada vez mejor, mientras la clase trabajadora es cíclica y sistemáticamente acosada en su bienestar y sus derechos conseguidos en muchos años de lucha.

Los braceros andaluces y extremeños siguen pidiendo tierra y trabajo, ocupando y revindicando que se hagan realidad sus derechos más primarios. Los obreros catalanes, valencianos, castellanos, cántabros, vascos o aragoneses ven cercenado su derecho al trabajo digno. La ciudadanía ibérica en general se pregunta si los hijos de sus hijos sabrán aún qué es eso del derecho a la educación universal, pública, laica y gratuita, a la sanidad pública y universal de calidad, a la jubilación digna, a la jornada laboral de cinco días…

Cuando en la península ibérica y el mundo entero se luchaba hace unas décadas por la justicia, la libertad, el bienestar y la paz, el adversario era la dictadura y la clase dominante que explotaba a la clase trabajadora. Cantábamos La Internacional donde decíamos (dejémoslo en francés para evitar herir susceptibilidades), a demain, l’Internationale sera le genre humain, les damnés de la terre, les forçats de la faim, le monde va changer de base, le salut commun, le grand parti des travailleurs…

Ahora se vive mucho mejor en territorio ibérico y los medios de comunicación, en buena parte en manos de la derecha, inoculan el miedo a perder lo que se tiene o el deseo de mejorar sin compañías molestas. Si no estuviésemos tan condicionados por la miopía y la presbicia, caeríamos en la cuenta de que las grandes empresas financieras y de producción no conocen de otra cosa que ganar a dinero, mucho dinero, a costa de todos los demás, gallegos, vascos, aragoneses, canarios, catalanes, andaluces, castellanos y todos los demás.

El derecho de autodeterminación y el derecho a decidir de un pueblo es claro. Para cada persona es un derecho y una obligación decidir, pues, de lo contrario, no subsistiría o se agostaría. De hecho, buena parte de los males del mundo proviene de lo poco que se decide personalmente y lo mucho que deciden otros por los demás.

Dicho, conviene también recordar un poema de Bertolt Brecht: “el nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba. El nacionalismo, cuando los pobres lo llevan dentro, no mejora: es un absurdo total”.

lautopiaesposible.blogspot.com.es

 

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