La reforma del artículo 135 de la Constitución ¿engaño o error?

17 agosto 2015 | Categorías: Estatal, Opinión, Servicios Públicos | |

Ernesto Ruiz UretaNueva Tribuna

art53El 2 de septiembre de 2011 el Congreso de los Diputados aprobó, con 316 votos a favor y 5 en contra, la primera reforma constitucional de calado, para introducir de forma urgente en la Carta Magna española el principio de estabilidad financiera con objeto limitar el déficit público. La votación a favor, casi absoluta, nos demuestra que o bien nuestros representantes ponían los intereses de la oligarquía y del dinero por delante de los intereses del resto de ciudadanos o bien que su creencia sobre el funcionamiento de la economía era, desde mi punto de vista, totalmente errónea. Conviene recordar que el objetivo marcado por Europa a los estados miembros para el déficit público se cifraba en un máximo del 3% del PIB. Y que, curiosamente, la Alemania de Merkel, máximo paladín del rigor fiscal y ogro cruel que nos inyecta  austeridad en vena, había incumplido reiteradamente (hasta 14 veces desde el 2000 al 2010) tanto el objetivo del déficit como el de la deuda pública, objetivo que se fijó en el 60 % del PIB.

Es importante preguntarnos ¿cómo la “boyante” Alemania ha conseguido sobrevivir y aventajar a los demás países de su entorno incumpliendo contumazmente objetivos tan trascendentales de la Unión Europea? Objetivos que por ser perentorios han tenido que cincelarse en piedra en nuestra Constitución como panacea de salvación de nuestro país y sus habitantes. ¿Cómo es posible que en medio de la gran abundancia de nuestro tiempo en Europa se recete la austeridad a sus habitantes? Parece lógico por contra, que cuando la ciudadanía no tiene suficiente poder adquisitivo para poder comprar lo que está a la venta en esos grandes almacenes que llamamos la economía, el gobierno deba actuar para asegurarse de que la producción se venda, ya sea bajando los im­puestos o bien aumentando el gasto público.

Una de las confusiones más comunes, incluso entre los tertulianos de los programas de debate político-económico, es la de considerar la economía de los países igual que la economía familiar. Pero claramente no es lo mismo: una familia no puede gastar indefinidamente sin ingresar y, por lo tanto, tiene que equilibrar su presupuesto entre ingresos y gastos para poder mantener la cobertura de sus necesidades; pero a nivel de la sociedad cuando una familia gasta alguien exterior a ella ha aumentado sus ingresos, el gasto de unos aumenta los ingresos de otros en un modelo que parece perfectamente equilibrado.

Por ello, el aumento de la capacidad adquisitiva de la gente, además de poner una piedra en favor de la igualdad y la cobertura de sus necesidades, pondría en marcha un círculo virtuoso que conduciría inmediatamente a un repunte de las ventas, lo que, a su vez, llevaría de inmediato a la creación de millones de puestos de trabajo para satis­facer el aumento de la demanda de bienes y servicios. Las perso­nas serían capaces de hacer frente al pago de sus hipotecas y préstamos y el sistema bancario podría volver a sanearse rápidamente. Lo que, sin embargo, se ha demostrado infructuoso para el sistema financiero es su financiación a través de ayudas del gobierno. Los créditos siguen desaparecidos, la economía se mantiene refrigerada y los préstamos de los particulares siguen sin poder pagarse. Hay que ser consciente, sin duda, de que la única diferencia entre un buen y un mal préstamo es que el prestatario pue­da o no hacer frente a su pago. Esto se debería tener presente en los rescates llevados a cabo en nuestra amada Europa.

Pero por qué tenemos tanto miedo a los déficits públicos cuando la obsesión de la Unión Europea por mantener los precios estables solo ha conducido a mantener sine die la crisis del 2008 y transferir los problemas económicos del sector privado al sector público. La respuesta más popular y temida es que el déficit público causa inflación y la inflación hace perder el valor del dinero. En consecuencia son los poseedores del dinero los que pierden, pierden también los acreedores que suelen ser los poderosos y ganan algo los deudores. Pero el objetivo pretencioso del 2 % de inflación legislado por la Unión Europea no ha permitido medidas contra cíclicas que puedan sacarnos de la crisis. La ayuda financiera de la Unión Europea para el rescate del sector bancaria ha endurecido las medidas de ajuste del gasto público y el aumento de la presión fiscal adoptadas por nuestro Gobierno, deprimiendo aún más la demanda interna y afectando negativamente a la recaudación, en un círculo de austeridad depresiva que conduce a menos crecimiento y más déficit. La llamada trampa de liquidez demuestra el error de enfrentar en estos tiempos las crisis con la política monetaria y la incapacidad  de ésta para influir en el ciclo económico estimulando la demanda agregada.

La inflación se ha convertido en un tema tabú a la que se presta máxima reverencia por los economistas neoliberales. Atemoriza el recuerdo de Alemania, en su época de hiperinflación de la República de Weimar. Se recuerdan los problemas de los países de América del Sur. Sin embargo, en estos últimos tiempos se constata que la inflación tiene más que ver con las burbujas especulativas y con los precios del petróleo que con cualquier otra cosa. Vivimos en una economía especulativa de casino, dependiente aún del oro negro y enzarzada en una lucha geopolítica, lucha de poder entre las naciones que provoca grandes desestabilizaciones en la economía mundial.

Para resolver los problemas de esta economía de los ciclos, del terror y la indiferencia habría que hacer caso de ideas que demuestran otra comprensión de su funcionamiento, oír otras voces como la del economista estadounidense Warren Mosler[1] cuando afirma que son los impuestos los que debe usar el gobierno para regular nuestro poder adquisitivo y la economía en general, aumentándolos cuando se calienta y hay riesgo de inflación y reduciéndolos para que la economía no caiga en el abismo de la recesión. Porque a lo que realmente habría que tener miedo no es al déficit sino al paro, a la pobreza, a la desigualdad que son verdaderos lastres de la economía y vergüenza de la sociedad.

[1]  Mosler, Warren. Los siete fraudes inocentes capitales de la política económica. El petit editor, 2014.

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