Una disfunción peligrosa

29 Diciembre 2009 | Categorías: EE.UU. |

Paul Krugman El Universo

A menos que algunos legisladores logren una traición de último minuto, el Senado aprobará la reforma al sistema de salud esta semana. Me tienen que contar entre quienes lo consideran un logro asombroso. Es una iniciativa de ley con fallas serias, pasaremos años si no es que décadas arreglándolas, pero, no obstante, es un paso enorme hacia adelante.

Sin embargo, fue algo que se ganó por poco margen. Y el hecho de que haya estado tan cerrado muestra que el Senado –y, por tanto, el Gobierno estadounidense en su conjunto– se ha vuelto inquietantemente disfuncional.

Después de todo, los demócratas ganaron fuerte el año pasado, al contender con una plataforma que puso a la reforma sanitaria al frente y en el centro. En cualquier otra democracia avanzada esto les habría dado el mandato y la capacidad para hacer cambios importantes. Sin embargo, al necesitar 60 votos para reducir el debate en el Senado y terminar con el obstruccionismo –un requisito que no aparece en ninguna parte de la Constitución, pero simplemente es una regla autoimpuesta–, convirtió lo que debió haber sido una forma de legislar directa en una situación llena de tensión. Y dio a un puñado de senadores vacilantes poder extraordinario para modelar la iniciativa.

Ahora, hay que considerar lo que está por delante. Necesitamos una reforma financiera fundamental. Necesitamos resolver el cambio climático. Necesitamos lidiar con nuestro déficit presupuestal de largo plazo. ¿Cuáles son las probabilidades de que podamos hacer todo eso –o, estoy tentado a decir, algo de eso–, si hacer cualquier cosa requiere de 60 votos en un Senado profundamente polarizado?

Algunas personas dirán que siempre ha sido así, y nos la hemos arreglado hasta ahora. Sin embargo, no siempre fue así. Sí, hubo obstruccionistas en el pasado –los más notables, los segregacionistas tratando de bloquear la legislación sobre los derechos civiles–. No obstante, el sistema moderno, en el que el partido minoritario usa la amenaza de la obstrucción para bloquear cada iniciativa de ley que no le gusta, es una creación reciente.

La politóloga Bárbara Sinclair sacó la cuenta. En los años sesenta, encontró que “problemas relacionados con debates prolongados” –obstruccionistas reales o solo la amenaza– afectaron solo a 8% de la legislación importante. Para los ochenta, eso aumentó a 27%. Sin embargo, después de que los demócratas retomaron el control del Congreso en 2006 y los republicanos se encontraron en minoría, se disparó a 70%.

Algunos conservadores argumentan que las reglas del Senado no detuvieron al ex presidente George W. Bush para hacer las cosas. Sin embargo, esto es engañoso en dos niveles.

Primero, los demócratas de la época de Bush no estaban igual de determinados a arruinar los planes del partido mayoritario, a cualquier costo, como los republicanos en la de Obama. Desde luego que los demócratas nunca hicieron nada parecido a lo que los republicanos hicieron la semana pasada: los senadores del Partido Republicano detuvieron el gasto para el Departamento de la Defensa –que estaba a punto de quedarse sin dinero– en un intento por retrasar la toma de decisión sobre la atención de la salud.

No obstante, más importante, Bush fue un Presidente de compre ahora y pague después. Impulsó seis grandes recortes fiscales, pero nunca trató de que se aprobaran los del gasto para compensar la pérdida de ingresos. Apresuró al país a la guerra, pero nunca pidió al Congreso que la pagara. Agregó un costoso beneficio en medicamentos a Medicare, pero lo dejó totalmente sin fondos. Sí, tuvo victorias legislativas; pero nunca mostró que el Congreso tuviera que tomar decisiones difíciles porque nunca le pidió que lo hiciera.

¿Así que ahora que se tienen que tomar decisiones difíciles, cómo vamos a reformar al Senado para que sean posibles?

Allá a mediados de los años noventa, dos senadores –Tom Harkin y, créanlo o no, Joe Lieberman– presentaron una iniciativa para reformar los procedimientos senatoriales. (La gerencia quiere que deje claro que en mi columna anterior no estaba aprobando las amenazas inapropiadas contra Lieberman.) Aún se necesitarían 60 votos para terminar con el obstruccionismo al comienzo de un debate, pero si eso fallara, se podría realizar otra votación un par de días después con solo 57 senadores como mínimo, después otro y finalmente una mayoría simple podría terminarlo. Harkin dice que está considerando volver a presentar esa propuesta, y debería.

Sin embargo, si un obstruccionista bloquea una legislación así –lo cual seguramente sucedería–, los reformadores deberían recurrir a otras opciones. Hay que recordar que la Constitución establece al Senado como un organismo en el que rige la mayoría –no una supermayoría–. Así que se puede cambiar que rijan 60. Un informe de 2005 del Servicio de Investigación del Congreso, cuando una mayoría republicana amenazaba con abolir el obstruccionismo para poder aprobar a los nominados judiciales de Bush, indica varias formas en las que esto podría pasar: por ejemplo, mediante una votación mayoritaria que cambie las reglas del Senado el primer día de una nueva sesión.

Nadie debería meterse a la ligera con un procedimiento parlamentario establecido de tiempo atrás. Sin embargo, nuestra situación actual no tiene precedente: Estados Unidos está atrapado entre problemas graves que se tienen que resolver y un partido minoritario determinado a bloquear la acción en cada frente. No hacer nada no es una opción, a menos que se quiera un país inmovilizado, con un Gobierno efectivamente paralizado, esperando que golpeen las crisis financiera, ambiental y fiscal.

© 2009 The New York Times News Service.

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