Contra los paraísos fiscales, con el método de Al Capone

10 octubre 2009 | Categorías: Paraísos Fiscales | |

Vicente R. CeballosLa Opinión Rafaela

Dominique Strauss-Kahn, director general del Fondo Monetario Internacional (FMI), se pronunció a favor del recurso de la vía fiscal, que definió como “dinamita”, para acabar con los paraísos fiscales. Tal como se hizo “en su tiempo con Al Capone”, precisó.

Para el titular de la institución financiera más cuestionada, y no sin razones, no basta con imponer a esos centros financieros extraterritoriales las reglas tradicionales de la transparencia bancaria porque no permiten saber a quién esconde la cuenta. Estos territorios, dijo, “sirven para la evasión fiscal y, aún peor, para el tránsito de dinero proveniente del tráfico de armas o drogas”.

Lo que admite Strauss-Kahn es reconocido y aceptado por diversas fuentes. El FMI y el Banco Mundial coinciden en que los paraísos fiscales, que son muchos, son “escondrijos de una cuarta parte de la riqueza privada mundial”. Por su parte, la ONG británica “Red para la Justicia Tributaria” afirma en un informe que el producto de la evasión escondido en tales “santuarios” supera los 250 billones de dólares.

La ONG agrega que, en conjunto, en los paraísos existentes en el mundo hay registradas más de tres millones de sociedades, a través de las cuales grandes empresas, multinacionales, bancos y personas ocultan su contabilidad, sus balances, no pagan impuestos en los lugares de origen de los capitales que van a parar a ese circuito marginal. Además, blanquean dinero negro procedente del narcotráfico, en gran medida, y de la trata de blancas, del mercado ilegal de armas, de la corrupción en las administraciones gubernamentales.

Todo lo cual constituye un compendio de formas delictuales a cual más cínica y perversa, y por sobre todo, muestra de una impunidad cuyas raíces deben buscarse en los centros políticos y económicos de los países prevalecientes en el concierto mundial. John Kay, creador de la escuela de negocios de la Universidad de Oxford, ha dicho que los paraísos “existen porque las grandes potencias lo permiten, y si quisieran, estas podrían ponerle presión eficaz en cualquier momento.

No lo han hecho y no lo harán -afirma- mientras los individuos y las corporaciones más ricas de los países más ricos se beneficien de ellos”.

No hay otra explicación posible. ¿Cómo puede entenderse sino tan descarada realidad de rapiñas, cuyos efectos sobre sociedades y millones de individuos se muestran en imparables procesos de desamparo, hambre, miseria? No se trata de indicios sobre casos aislados. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la Organización de Naciones Unidas (ONU) denuncia que más de mil millones de personas sufren hambre en el mundo. Hoy, actualmente, y nada permite pensar que el panorama pueda cambiar, por el contrario. Con “menos del uno por ciento” de las contribuciones de los gobiernos para salvar al sistema financiero global se podría resolver la calamidad de la hambruna reinante, asegura el PMA.

Pese a lo que se diga desde lo alto, los retoques al maquillaje son pocos. Las crisis económicas, de las que deben hacerse cargo los más vulnerables, pueblos y almas, son explicadas como sacudones necesarios para el reacomodamiento del sistema, obviando desvergonzadamente las secuelas de sufrimiento que desencadenan fraudes a gran escala.

Tramados, qué dudas caben, en el contexto propicio que ofrece el debilitamiento y corrupción de marcos legales y/o éticos preexistentes que Occidente aún exhibe como su mayor gloria. Marcos reflejados en constituciones y legislaciones y en tratados y acuerdos internacionales, reducidos en tantos casos a meros papeles declarativos sin valor.

A principios del mes que acaba de pasar se informaba que el presidente francés Sarkozy, la reelecta canciller alemana Merkel y el premier británico Brown, en conjunto, pedían formalmente medidas contra los paraísos. Debían decidirse en la reciente reunión del G-20 en Pittsburgh, consensuando sanciones para las jurisdicciones que no hicieran efectivas las normas internacionales existentes en materia de intercambio de información fiscal… Concretamente, la demanda apuntaba a la creación de “un marco de regulación para el sector financiero, para que esté al servicio de la inversión y el crecimiento”, expresaban. Lo conocido del encuentro no menciona resultados sobre el particular.

Paraísos al por mayor No se ha podido establecer el lugar donde se encontraba el bíblico Paraíso, escenario del pecado original de Adán y Eva y sus consecuencias. Las que explicarían, entre tantas cosas, la existencia y prosperidad de los centros financieros off shore. Paraísos fiscales, generalmente; tax haven (puertos o refugios) para algunos.

¿Cuántos son? No pocos, desde luego, y llamativamente, la mayoría de las plazas en las que operan son de Europa y del Caribe, zona ésta cercana a EE.UU. El resto, según las publicaciones especializadas, se ubican en puntos de Asia, África y Oceanía. Como que permiten y/o facilitan la radicación en ellos de empresas o sociedades de dudoso origen o inexistentes, la razón de tal liberalidad obedece a que detrás de los rótulos inscriptos se ocultan capitales de diversa procedencia en cuanto a las formas utilizadas para reunirlos. Indudablemente, formas de variada ilegalidad. Esencialmente, lo que caracteriza al sistema operativo empleado en general, es que los centros en cuestión aseguran la confidencialidad bancaria, la ausencia de normas que limiten o controlen los movimientos de capitales y la existencia de una red de comunicaciones de todo tipo que favorecen el movimiento de bienes y personas.

Conviene reparar en lo siguiente. Sebastien Fourmy, director de la prestigiosa ONG Oxfam Francia, afirma que los países en desarrollo pierden cada año miles de millones de dólares que van a parar a paraísos fiscales. Recursos, dice, que “podrían incrementar el dinero disponible en sus economías para reducir la pobreza”. Por su parte, otro economista de la organización citada, cuantifica en 6,2 billones de dólares la riqueza procedente del origen precitado que se encuentra en los paraísos, lo que priva a esos estados de ingresos impositivos de entre 64.000 y 124.000 millones de esa moneda.

Opina un especialista argentino Juan Félix Marteau es profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, especializado en criminalidad e inteligencia financiera. En un informe publicado en “La Nación” en abril de este año, señala que los tax haven operan “no sólo como promotores de beneficios fiscales para las inversiones globales, sino también como receptores de bancos fantasmas y sociedades pantalla y, por lo tanto, como soporte sofisticado de un capital nómade absolutamente desnacionalizado y desregulado”.

Interesante lo que sigue: “… el lazo entre las plazas off shore, la evasión, el lavado de dinero y, más tarde, la financiación del terrorismo, encubre o disimula la compleja lógica del capitalismo transnacional y, en particular, su núcleo operativo: la maximización de los beneficios financieros requirió siempre de un sistema económico parcialmente opaco. Lo atestigua el hecho -prosigue Marteau- de que los paraísos más importantes sean controlados desde Wall Street o Londres, y también que los principales bancos del mundo hayan instalado allí un supermercado financiero y que muchos conglomerados económicos de los países centrales realicen en esos lugares todas las operaciones que no pueden realizar on shore”.

Marteau explica que “el principal problema no es la ilicitud de las prácticas de evasión o del crimen organizado sino la imposibilidad de los gobiernos de controlar la circulación de una masa exorbitante de activos que se tornan críticos por el solo hecho de que se mueven según la dinámica de la pura especulación, con capacidad de desestabilizar cualquier economía”.

Por supuesto, “esta interesante historia”, al decir de Marteau, no se agota en esto, agrego por mi cuenta. Es sólo un muy modesto intento de aporte al conocimiento de quien pueda interesarse en el tema, de una realidad tan vasta que un exhaustivo tratamiento demandaría algunos tomos.

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