Bienvenidos al paraíso neoliberal: trabajar más por menos dinero

24 enero 2011 | Categorías: Trabajo | |

José Antonio Pérez – ATTAC Madrid

Primero intentaron colar de rondón en el Parlamento Europeo la ampliación de la jornada de trabajo a 65 horas semanales. Ahora pretenden que la edad de jubilación se alargue hasta los 67 años. Y los trabajadores de Nissan, aparte de congelar el sueldo, aceptan trabajar 12 sábados obligatorios al año. Bienvenidos al paraíso neoliberal.

Resulta cuando menos chocante que hoy, pese al gran desarrollo tecnológico, trabajemos muchas más horas que nuestros antepasados cazadores recolectores. En la sociedad actual, una persona debe trabajar como mínimo una media de ocho horas diarias para cubrir sus necesidades. Lo que supone unas 100.000 horas de trabajo al año. A lo que hay que sumar las horas empleadas en los desplazamientos hasta el lugar de trabajo.

Los trabajadores de la planta que la japonesa Nissan tiene en Barcelona se han visto obligados a aceptar un duro ajuste de sus condiciones para lograr que la empresa mantenga la producción de una nueva furgoneta en esa planta. A cambio, los operarios han aceptado congelarse el sueldo en 2012 y una subida del 0,5% para 2013 sea cual sea el IPC. A partir de abril de 2011, habrá 15 sábados laborables al año, 12 obligatorios y una bolsa de horas extra de 40 horas, 32 obligatorias.

Al estudiar la economía de los pueblos que viven todavía de la caza y la recolección tal como se hacía hace 20.000 años, el investigador Marshall Shalins, demostró que los pueblos primitivos, pese a tener una “economía subproductiva” -sólo trabaja una parte de la sociedad en tiempos breves y con baja intensidad-, satisfacen siempre las necesidades del grupo social. Es el caso de los bosquímanos o de los australianos de la Tierra de Arhem, descritos en su estudio Edad de piedra, edad de la abundancia.

Estos primitivos grupos sociales no dedican todo el día a luchar contra la escasez de alimento. Por el contrario, una media de cuatro horas al día les basta para asegurar su subsistencia y la de los suyos. En su clásico estudio sobre los bosquimanos !Kung San del Kalahari, el canadiense Richard B. Lee señala que las mujeres encargadas de la recolección de alimentos dedican tan sólo poco más de doce horas semanales para reunir las fuentes calóricas necesarias para la subsistencia del grupo; los hombres, que aportan alrededor del 30% de las necesidades energéticas de éste, dedican unas 21 horas a la semana al suministro de carne. Otro investigador, R.Rappaport, ha calculado que los Tsembaga de Nueva Guinea, con un sistema productivo basado en una agricultura primitiva de tala y quema, dedican al trabajo algo más de siete horas semanales (1).

Sobre todo en economía política necesitamos contar con un nuevo paradigma que nos permita cambiar la lógica del sistema. El mundo no siempre ha funcionado bajo la lógica del modo de producción capitalista. Pues, de haber regido éste en la Edad de Piedra, al día siguiente de que uno de los genios paleolíticos inventara el hacha de sílex, nuestros dignos antepasados se habrían topado de bruces con el desempleo y la crisis del sistema de pensiones. El escenario, más o menos habría sido el siguiente:

La ventajosa eficacia de esta nueva tecnología de corte aumentó la productividad de forma espectacular. Por ejemplo, incrementando la eficacia de la tarea de recolección de leña. Ésta se realizaba inicialmente cogiendo las ramas secas caídas en el suelo. Con un hacha en la mano, un leñador podía cortar en una jornada pongamos que el doble de leña de la que antes recolectaba a mano. De manera que, al precisarse ahora sólo la mitad de hombres que antes del invento, la otra mitad de hombres habría quedado automáticamente desempleada. Sin embargo, puesto que el volumen de leña acopiado en cada corta seguía siendo el mismo que hasta entonces, la intensidad del fuego en las hogueras se mantendría constante, impidiendo que los miembros más viejos de la horda, imposibilitados para buscar leña, perecieran de frío.

Todo hubiera ido bien hasta que, un aciago día, hubieran entrado en juego los servicios de estudios económicos para examinar la situación y aguarles la fiesta. Estos expertos rupestres, tras ejecutar una serie de cálculos con abstrusos signos trazados con un tizón en la pared de la caverna, habrían reunido a la horda para comunicarles su fatal conclusión: “El sistema de calefacción social no puede mantenerse dado que ahora, entre desocupados y ancianos, el número de personas que se calientan es mayor que el número de leñadores cotizantes al fondo de madera”.

Afortunadamente, a la vista de que las paredes de Altamira y Lascaux fueron decoradas con magníficas pinturas de bisontes, y no con aburridas tablas econométricas, podemos inferir que no había economistas entre la horda que habitó en ellas. Señal, por otra parte, de que nuestros tatarabuelos paleolíticos disponían de inteligencia suficiente para convertir el aumento de productividad en ganancia de ocio creativo, y no en cifras oficiales de desempleo. Una tendencia que, miles de años después, mantuvo la población humana del Neolítico, que ya contaba con una tecnología mucho más avanzada.

Del sílex utilizado en su más primaria forma de pedernal, hemos pasado a las tecnologías basadas en el chip de silicio. En principio, la desaparición de las cadenas que nos ligan al trabajo debería ser una excelente noticia para la humanidad, pues vendría a significar que la especie terráquea que comenzó tallando rudimentarios utensilios de piedra, que “inventó” luego la ominosa institución de la esclavitud, y que impulsó revoluciones para librarse de la opresión por el trabajo, habría conseguido, por fin, erradicar una de las principales causas del sufrimiento al que se vieron sometidas sus generaciones precedentes.

Escribo estas líneas cuando todavía me embargan las sensaciones producidas por reciente visita a dos cavidades: una, la Cueva de los Letreros, en Vélez Blanco, que conserva, pese a los expolios y barbarie, hermosas pinturas neolíticas; otra, la cueva de Fuentemolinos, en Puras de Villafranca, un río subterráneo que discurre por un cauce espectacular que alcanza dimensiones catedralicias, magnífica y profusamente decorado con bellas formaciones por Mamy Gaia. Este planeta es demasiado hermoso para perder lo mejor de nuestra breve existencia fabricando y consumiendo furgonetas.

(1) Lee, R.B.: The !Kung San: Men, Women and Work in a Foraging Society, Cambridge and New York, 1979; Rappaport, R.: Pigs for the Ancestors: ritual in New Guinea ecology, Yale Univ, 1983.

Carnet de Paro.

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