Las insoportables cifras del paro

7 mayo 2011 | Categorías: Trabajo | |

Carlos Berzosa – Consejo Científico de ATTAC.

La economía española ha tenido la tendencia histórica, que no es de ahora, de alcanzar grandes cifras de desempleados en épocas de ciclo recesivo. En momentos de expansión y auge la capacidad de generar empleo no ha sido tampoco muy grande, como sería de esperar en una economía desarrollada. No se puede olvidar que, a pesar de los progresos alcanzados, la tasa de actividad sigue siendo baja en relación a otras economías avanzadas, sobre todo la tasa de actividad femenina.

Todo ello se debe, sin duda, a la estructura productiva de la economía española. Desde que se inició el proceso de crecimiento e industrialización en la década de los sesenta del pasado siglo siempre ha habido un importante déficit comercial, lo que ha puesto de manifiesto la debilidad competitiva a escala internacional. La dependencia tecnológica y energética ha sido en todos estos años elevada. Se han producido cambios y mejoras en la estructura productiva, en la composición de las exportaciones y en las inversiones en el exterior. Pero estos cambios, que han sido significativos a lo largo de varias décadas y han modificado notablemente la fisonomía de la economía y la sociedad española, no han sido suficientes para avanzar como hubiera sido deseable en la generación de un potente sector industrial y de un modelo energético diferente.

Las características de este crecimiento, en el que tampoco se han potenciado la investigación, el desarrollo y la innovación, ponen de manifiesto muchas debilidades en los periodos recesivos, mientras que permanecen ocultos sus puntos débiles en los momentos de euforia promovidos por el crecimiento. Este modelo de crecimiento ha tenido siempre un soporte básico en el sector de la construcción, que genera mucho empleo y estimula la actividad económica en multitud de empresas que suministran bienes y servicios a la edificación de viviendas, naves y complejos industriales, hospitales, centros educativos y empresas del sector de la administración y de servicios.

En los años sesenta, la fuerte emigración del campo a la ciudad, que había empezado con anterioridad, fomentó la construcción rápida de edificaciones. En pocos años pudimos contemplar el fuerte crecimiento urbano de las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona. Surgieron de esta manera muchos barrios periféricos en los que faltaban servicios esenciales y transportes adecuados. No hubo ordenación urbanística y ya la especulación hizo su aparición. Nuevos ricos también hicieron la aparición en escena, y las ganancias rápidas y fáciles se convirtieron en el comportamiento normal en nuestra economía sin que, con alguna que otra excepción, se hicieran apuestas a más largo plazo. La expansión turística en nuestro país fomentó a su vez la construcción desmesurada y desbocada en la costa, que se encontró estimulada además por la mejora del nivel de vida de los españoles y la compra de la segunda vivienda.

Estos vicios de origen no se han corregido suficientemente en todas estas décadas. De algún modo pagamos las consecuencias de un modelo de crecimiento, que aunque haya sufrido cambios, sin embargo, padece determinados males estructurales. El paro, por tanto, tan elevado que sufre nuestra economía tiene su origen en estas deficiencias, y no en el mercado laboral. El desempleo tan elevado que se padece en la actualidad es resultado de una crisis económica que es de una gravedad superior a las anteriores. Si a esto se le añade la desmedida expansión de la construcción desde los años noventa, con la consiguiente expansión de la burbuja especulativa y el crecimiento preocupante de la corrupción, tendremos el resultado de lo que está sucediendo. Tras la borrachera de las ganancias rápidas y fáciles ha venido la resaca, que no sabemos lo que va a durar. Los daños que se han producido son demasiado grandes para ser reparados en poco tiempo.

La crisis económica es grave por los damnificados que genera, pero es a su vez una oportunidad para cambiar. No se vislumbran cambios en esta dirección, lo que es doblemente preocupante. Por un lado, porque estamos hipotecando el futuro de la economía española, y por otro, porque no se atacan las causas del problema, sino sus efectos. Las medidas ortodoxas no arreglan los problemas existentes. Como dice muy bien el título del libro de Max Otte, “La crisis rompe las reglas”. Por tanto, hay que actuar de otro modo y manera, sin la ortodoxia que dificulta cualquier salida a la situación.

Soy consciente de que el cambio que se está proponiendo no es a corto plazo, pero hay que empezar a hacerlo, pues si no dentro de poco estaremos en las mismas. Ahora bien, ante la situación de emergencia en la que estamos hace falta que se hagan políticas activas para evitar la sangría del paro desde el sector público. Hay que llegar a acuerdos con el sector privado para actuar conjuntamente para aumentar el empleo y sobre todo el juvenil. La pasividad no resuelve nada. La reforma laboral que se ha llevado a cabo tampoco. No se puede esperar a que se produzca una recuperación para que el paro comience a descender. Hacen falta políticas activas de empleo.

Artículo publicado en Sistema Digital

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