La privatización del conflicto social

11 junio 2011 | Categorías: Crisis sistémica | |

Paco RodaDiagonal

Nuevas formas, políticas y lógicas están siendo introducidas en la gestión de lo social, ese espacio en el que confluye el desempleo, la precariedad, la exclusión social o la pobreza de la ciudadanía. La crisis económica no solo está influyendo en la manera de nombrar los problemas y de pensarlos, también está reformulando los discursos del poder, las ideas –inmutables– respecto a la propia crisis, y determinando las políticas sociales así como las intervenciones de los profesionales sociales.

Pero, además, la crisis está construyendo un nuevo sujeto social perfectamente adaptado a esta nueva situación. Un sujeto que, además de padecer una grave crisis de individualidad, ahora se autoinculpa de su situación personal y social. Se inmola ante su propio infortunio. Ahora este sujeto, con el 40% de la población española en situación de precariedad y alta interinidad social, tiene una noción de sí mismo y de su experiencia vital moralmente reprochable. Obsérvese al desempleado o al cliente de los servicios sociales que acude a éstos para solicitar un subsidio o prestación económica. No solo evidencia una situación de precariedad o exclusión social, consecuencia de una estructura social desigual que raramente es identificada por los profesionales que le atienden, sino que incorpora además un juicio moral sobre sí mismo y así es evaluado.

Lucha de clases horizontal

La crisis ha agudizado la individualización de las conductas personales y sociales. Ha desplazado la lucha de clases vertical hacia una lucha entre pobres de carácter horizontal. Ese 40% de la población desajustada o endeudada, o en la precariedad, busca culpables en su propia clase individualizando un conflicto social, generando chivos expiatorios en sus propios contextos relacionales y productivos. Y esto, en parte, tiene que ver con el concepto denominado “gobierno de las voluntades” que vendría a ser algo así como las prácticas y los discursos centrados en el control de las conductas y los pensamientos de la gente con el objeto de conseguir que la propia ocupación y la propia manera de estar en el mundo y enfrentar la realidad, por dura que sea, refuerce el poder del Estado y lo exima de toda responsabilidad justificando el orden natural de las cosas.

La crisis ha construido un nuevo sujeto social que se autoinculpa de su situación personal y social.

Porque hoy la vulnerabilidad y la pobreza se viven y conciben como aspectos particulares, fruto de la negligencia personal y de la falta de previsión muy ligada a la voluntad personal, voluntad que es evaluada por Servicios de Empleo y Servicios Sociales como elemento de cambio para el acceso a prestaciones económicas.

Términos morales

En este nuevo contexto, la cuestión del riesgo o de la vulnerabilidad social se plantean más en términos morales y particulares que políticos o sociales. De ahí que las nuevas políticas sociales y las actuaciones en materia de intervención social desplegadas por el sistema de los servicios sociales arremetan, en su versión más populista, contra la dependencia e institucionalización del Estado Social del Bienestar como si de una nueva patología moral se tratara.

Se insiste, desde las agencias de empleo y servicios sociales especialmente, en la motivación como estrategia personal para afrontar la vulnerabilidad y se insiste en la gestión de las propias habilidades y en la mejora de las propias competencias como elemento dinamizador de un cambio de rumbo vital. Se insta a los sujetos a ser autónomos en un mercado que se rige por leyes ajenas a los propios individuos y al control de su propia voluntad de cambio. Se destierran así, en el discurso de la intervención social, las responsabilidades del Estado, la influencia de las estructuras, las responsabilidades de las empresas y las contradicciones y relaciones asimétricas del mercado. Se olvida en definitiva, el radical y necesario discurso político, ese que invisibiliza las actuales contradicciones e injusticias del poscapitalismo moderno y que se han instaurado como inapelables exigencias de la naturaleza.

Hoy la vulnerabilidad y la pobreza se viven y conciben como aspectos particulares, fruto de la negligencia personal

Es así como la intervención social ejercitada por las profesiones sociales está sucumbiendo cuando no participando de esta estrategia neoliberal de incentivación de la individualidad y naturalización de la propia adversidad personal o social, de esta maniobra discursiva en la que procesos de desarraigo, desempleo prolongado y vulnerabilidad de carácter fundamentalmente económico se normalizan y psicologizan de manera natural introduciendo en los mismos leyes de carácter inalterable. Es necesaria por tanto una redefinición del trabajo psicosocial. Esto implica una necesaria reformulación del concepto de ciudadanía, en la actualidad concebida como un estatus que debe ser ganado a pulso más que un derecho inalienable del Estado emancipador generador de oportunidades igualitarias.

Paco Roda es profesor del departamento de Trabajo Social de la Universidad Pública de Navarra

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