La hecatombe de la izquierda y la crisis económica

18 junio 2011 | Categorías: Opinión | |

Carlos Berzosa – Consejo Científico de ATTAC.

Las elecciones generales celebras en Portugal, y las locales y autonómicas que han tenido lugar en España, han supuesto un giro a la derecha que se une a las tendencias que se están dando, por lo general, en la Unión Europea. Los reductos que quedan de gobiernos presididos por partidos de centro-izquierda se encuentran acorralados por el poder de los mercados.

No deja de ser llamativo que precisamente las ideas económicas que se han ido imponiendo en los últimos años, que son, además, las causantes de la gran recesión que padecemos, sean las que se imponen en el panorama político. Lo lógico sería buscar alternativas diferentes al fundamentalismo de mercado, la creciente privatización y liberalización económica, la globalización financiera, y las políticas de ajuste que se están aplicando. Pero no es así, y lo que se impone es más de lo mismo.

La izquierda europea padece una crisis de identidad notable, y todo lo que está pasando debería conducir a una reflexión que supere el marco propiamente nacional, pues estamos ante una izquierda sin rumbo y sin planteamientos alternativos. De alguna manera, aunque las políticas más duras de ajuste y de liberalización económica han sido lideradas por los partidos conservadores, y así es desde el gobierno de Thatcher, los gobiernos socialdemócratas se han dejado llevar por esos cantos de sirena, renunciando a sus principios básicos y aceptando gran parte de los presupuestos conservadores.

Esto es sin lugar a dudas lo que explica parte del fracaso que está obteniendo la izquierda europea en su conjunto. A su vez no se debe olvidar de que gran parte del cuerpo electoral de esta izquierda está siendo golpeado por la crisis, y eso lógicamente se manifiesta a la hora de votar, o no hacerlo, o bien haciéndolo en blanco, o provocando un voto nulo. Hay una clara desafección de parte del electorado hacia lo que han sido sus partidos tradicionales de referencia, pero también crece esta desafección hacia una democracia que se está deteriorando.

La defensa de los valores democráticos debe ser enarbolado por la izquierda, pues a la derecha no le preocupa esa degeneración democrática, que tiende a su vez a favorecerla. La degeneración de la democracia tiene varios niveles pero sí me gustaría enunciar algunos de ellos. En primer lugar, el gran poder adquirido por los intereses capitalistas que se desenvuelven a escala global ha limitado las actuaciones de los gobiernos cuya acción se produce dentro de un marco nacional. La manifestación más palpable de todo ello la tenemos día a día con el poder de los mercados, que no es otro que el de los grandes poderes económicos, financieros, y especulativos, que imponen su política a los gobiernos. En segundo lugar, la corrupción que invade a importantes esferas de los partidos políticos y miembros destacados de ellos. En tercer lugar, la actuación de importantes medios de comunicación que sirven fundamentalmente a la ideología de la derecha y que están adquiriendo una gran influencia, que viene a su vez acompañada de un nivel ínfimo en los programas que emiten.

Ante toda esta serie de cosas, y otras más que agravan la situación económica, con la imposición de unos valores en los que la codicia, la avaricia, y la obtención de ganancias rápidas y fáciles, hechas por medios legales e ilegales, y en donde la falta de ética es lo predominante, los trabajadores padecen gran cantidad de privaciones y estrecheces. La desigualdad económica tiende al aumento, el desempleo adquiere cifras escandalosas, crece el empleo precario e inestable, se recortan las pensiones, así como otras prestaciones del Estado del bienestar. Los jóvenes padecen el paro en cifras muy elevadas y cuentan con escasas posibilidades para desarrollar su propia autonomía personal y colectiva. La falta de oportunidades para este colectivo resulta alarmante y es escandalosa.

Los problemas no faltan y se podrían añadir muchos más, como el deterioro medio ambiental, la falta de alternativas energéticas para el futuro más inmediato, la necesidad de integración a los refugiados políticos y por razones sociales y económicas, la violencia de género, y la desigualdad que se sigue dando entre hombres y mujeres en derechos y oportunidades. Estos son problemas que afectan al mundo desarrollado, en los países emergentes y no digamos los subdesarrollados, todo esto adquiere una dimensión mucho más grave.

En todo caso, lo que hay que entender, sobre todo por la izquierda, es que estamos ante un mundo global y no se pueden hacer análisis solamente locales, aunque estos también sean significativos, sino que tenemos que contemplar un enfoque que tenga en cuenta que entre las diferentes partes que componen la economía mundial se producen relaciones de interdependencias. Unas relaciones que son a su vez asimétricas.

La izquierda en los países desarrollados se tiene que adaptar a los cambios profundos que se han dado en la estructura productiva y de servicios, así como en la composición de la estructura social, y mejora del nivel de vida medio y de las clases trabajadoras. Las contradicciones que existen en un país desarrollado no son las que había hace tres o cuatro décadas, y desde luego no son las que padecen tantos países en los que el hambre, la pobreza absoluta, y la cantidad de privaciones existentes, falta de alimentación adecuada, deficiencias notables en la educación y salud, agua potable, entre otras, configuran su triste realidad cotidiana. Esto, de todos modos, no debe conducir a perder las señas de identidad de la izquierda.

La izquierda tiene que luchar por la regeneración democrática, los resultados electorales sufridos y en España en particular el movimiento del 15-M, tienen que servir para ello. La defensa de los valores democráticos supone cambiar la forma de hacer política. No entrar en el juego de la derecha y crear el propio marco teórico y práctico es un requisito indispensable si se quiere recibir el apoyo de parte de la sociedad para gobernar.

Hacer una política económica y social en los que estén presentes principios básicos, como la lucha por el empleo, la mejora en la distribución de rentas y riqueza, avance en la igualdad en derechos y oportunidades, y apuesta decidida por los bienes y servicios públicos, son entre otras cosas lo que hay que hacer. Hay que tener en consideración de que hay que diferenciar crecimiento y desarrollo, y concebir este último como desarrollo humano. La agenda no debe quedarse solamente en el plano de cada Estado, sino que tiene que haber una propuesta conjunta para la Unión Europea, y plantear reformas en profundidad de los organismos económicos internacionales. El combate por una economía mundial más justa y equitativa es fundamental.

Artículo publicado en Sistema Digital

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