¿Hacia un nuevo totalitarismo global? (II)

22 septiembre 2016 | Categorías: Internacional, Opinión | |

Rodrigo del Olmo - El Periscopi

delolmo

 

(Viene de un artículo anterior)

Wolfgang Streeck, sugiere que la actual crisis económica y financiera global es una consecuencia directa del fracaso de los sistemas democráticos a la hora de controlar los excesos y los fallos del mercado, mientras que, seguramente, haya sido una crisis inducida o reconducida para incrementar la desigualdad social y reducir la democracia a nivel global, especialmente en cuanto a su capacidad de fiscalización y control de los mercados y del poder de las corporaciones globalistas. Varios hechos constatados refuerzan este enfoque: las privatizaciones generalizadas en nombre del progreso, los beneficios y la eficiencia; la retirada de capitales invertidos en diversas áreas estratégicas de los intereses nacionales y su desmaterialización en la vorágine de los mercados financieros; el colapso inducido de los modelos keynesianos, que implican una intervención de los gobiernos en la economía y su nada inocente sustitución dogmática por los dictados hayekianos. Así, el presente declive generalizado de la democracia sustantiva a nivel global es debido, principalmente, a la crisis del Estado, a su incapacidad para actuar como un interlocutor potente y decisivo como mediador social, como regulador de la economía y como provisor de seguridad, siendo progresivamente sustituidos los sistemas sanitarios y de seguridad social por consorcios aseguradores privados habitualmente controlados por la gran banca. La desmaterialización del capital, su transformación y licuefacción en productos financieros que pueden ser transferidos en milisegundos de un punto a otro del globo e invertidos en activos materiales e inmateriales diversificados, rompe con la tradición de una economía en la que el capital adoptaba una forma visible y concreta, más o menos integrado en un territorio y susceptible de ser controlado o supervisado por alguna forma de poder político.

En este contexto, el vacío de poder que el Estado deja, es rápidamente ocupado por la élite corporativa global, que lo ejerce sin ningún tipo de control democrático ni institucional con el único fin de aumentar sus beneficios y su poder en una espiral retroalimentada en la que los daños colaterales o externalidades negativas generadas, sean estas cuales sean, son consideradas siempre como asumibles en aras del Beneficio, el fin último de toda corporación capitalista.

Luis Suarez-Villa, en Corporate Power, Oligopolies, and the Crisis of the State, acuña el término “corporatocracia” para describir la crisis del Estado como consecuencia del abrumador poder y prevalencia que los intereses de las corporaciones tienen sobre los gobiernos y los individuos. Dicho poder, implica una servidumbre y sumisión de las líneas maestras de la gestión pública, ante todo y por encima del Interés Público, a las directrices e intereses corporativos marcados por la oligarquía, a través de la financiación de partidos políticos, lobbies, conglomerados de medios de comunicación, Think Tanks y agentes en los altos puestos de responsabilidad de las administraciones, convenientemente sintonizados a través de mecanismos de puertas giratorias y clientelares. De este modo, los intereses corporativos ejercen una influencia decisiva que afecta a todos los aspectos de nuestra existencia: el tipo de gobierno, así como a sus capacidades para diseñar y ejecutar políticas; nuestro bienestar y salud como individuos y como sociedad; la forma en la que vivimos y trabajamos; lo que sabemos y lo que creemos saber; nuestras relaciones interpersonales, y las interacciones con el entorno físico que sustenta la vida en el planeta. La íntima asociación de la neo oligarquía con un capital corporativo oligopolístico cada vez más financiarizado y poderoso ha conseguido que ninguna nación, cultura, región, grupo o comunidad en el mundo pueda considerarse fuera de su alcance e influencia política y económica. Gran parte de la riqueza, el poder y los privilegios de esta neo oligarquía se sustenta en el traslado de sus pérdidas y riesgos al Estado y a los contribuyentes. Para que esto pueda seguir siendo así resulta esencial alinear los intereses de los políticos, a todos los niveles, con los del oligopolismo corporativo, principalmente, mediante tres vehículos de influencia que ya se han apuntado anteriormente: la financiación de partidos políticos; el lobbying, y las distintas modalidades de “puertas giratorias”.

La influencia combinada del poder de la neo oligarquía y el poder oligopolístico sobre la gobernanza, la política, los sistemas judiciales, los medios de comunicación, el sistema financiero, la producción y otras áreas estratégicas, provoca una continua disminución de la justicia social y la equidad. Cuantos más aspectos de la sociedad y la política pasan a ser controlados por la neo oligarquía y los oligopolios, más se resiente el Interés General y el buen gobierno. La corporatocracia, proporciona la plataforma y los medios para conseguir este, para la inmensa mayoría de los ciudadanos, trágico resultado, actuando en combinación con otros factores que están en el núcleo de la crisis del Estado.

Adaptando a este contexto la definición con la que Juan J. Linz describe el totalitarismo, podemos afirmar que estamos en una etapa que podríamos considerar, como mínimo, de pre totalitarista, en la que el clásico modelo de totalitarismo ejercido por el Estado, o las facciones políticas que lo controlen, está siendo sustituido por un totalitarismo de mercado o corporativo privado, más sutil, aunque no menos dañino y despiadado en sus efectos finales agregados.

Linz define a un régimen como totalitario cuando las siguientes circunstancias ocurren al mismo tiempo: una ideología imperante exclusiva; un único partido de masas que puede compartir el poder y el control con otras organizaciones afines; el poder está concentrado en uno o varios individuos y colaboradores que no rinden cuentas o no asumen responsabilidades ante la amplia mayoría de la ciudadanía ni se someten al escrutinio de unas elecciones competitivas capaces de cambiar el modelo imperante a través de medios legales. Cuando alguna de estas características no se produce, el régimen puede ser definido como pre, o post totalitario.

Actualmente, como hemos visto, el capitalismo neoliberal es un modelo económico y político generalizado e imperante a nivel mundial de cuya influencia decisiva ningún Estado puede escapar. En cuanto a la existencia de un partido único, de facto, en la inmensa mayoría de democracias liberales a nivel mundial, casi todos los partidos políticos con posibilidades reales de alcanzar las palancas del poder, prácticamente en todos los niveles de gobierno, dependen, en alguna medida, de los recursos proporcionados por los plutócratas locales o las corporaciones globalistas que, por si fuera poco, están en situación de ejercer un control profundo y opaco sobre los procesos de selección de cuadros en partidos e instituciones, no solo proporcionando, o denegando, recursos sino también promocionando a los elementos tecnocráticos afines a sus intereses en las cúpulas de los partidos y en las élites de los gobiernos. Por ello, suele resultar prácticamente imposible que representantes políticos o partidos que supongan una amenaza real al poder oligárquico, puedan alcanzar palancas de mando o cotas de poder realmente significativas. De este modo, los principales partidos políticos, acaban sintonizando siempre, variando tales o cuales aspectos cosméticos destinados al marketing electoral, con las mismas ideas esenciales o, en última instancia, actuando de manera prácticamente idéntica, por lo que los procesos electorales acaban convirtiéndose en, o percibiéndose por la ciudadanía como, poco menos que irrelevantes o una pérdida de tiempo destinada a legitimar formalmente una tiranía, cada vez más global y poderosa, impuesta por la neo oligarquía.

 

Llicenciat en Ciències Polítiques i de l’Administració. Llicenciat en Sociologia

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