El descreimiento social de la clase obrera

17 diciembre 2016 | Categorías: Estatal, Opinión | |

Carlos Martínez - Consejo Científico de ATTAC España

“Un problema para la lucha de clases y por más democracia”

El descreimiento social, que tuvo y tiene un origen crítico y de hartazgo ante la corrupción, los engaños políticos y la crisis económica y social, al final solo le está pasando factura a las izquierdas y el progresismo.

Hay muchas causas y diversas, por eso en este artículo, solo trataré alguna. No creo en la dictadura de lo políticamente correcto, advierto. El problema de todo este cáncer que sufre el mundo digamos progresista y transformador, se inicia no solo por los errores de la izquierda y sus renuncias, como en el caso del socioliberalismo, la tercera vía y la asunción del mercado sin más, por parte de las cúpulas socialdemócratas. Sino que también por las grises, represoras y tristes dictaduras de varios partidos comunistas gobernantes o la incapacidad de ser amables y mucho más humanos de tantas y tantos dirigentes comunistas en países democráticos. También en cuando todos ellos –unos y otros- o los que deciden renovarse y “modernizarse” acaban negando la existencia de la clase obrera. La clase obrera ya no existe, no es fundamental, ya no hay industria en Occidente, solo servicios. Dicen algunos.

Se habla de clase media para identificar a la clase trabajadora, quitándole toda carga ideológica y cediendo al discurso liberal y de los sociólogos liberales anglosajones. Es ahí cuando se manifiesta con toda su crudeza la derrota de la izquierda, pero de la “vieja” y de la “nueva”. De la transversalidad a afirmar que todos somos clase media, solo hay una delgada línea amarilla.

Curiosamente ahora se vuelve a hablar de clase obrera por parte de “progresistas” del sistema, tanto intelectuales como dirigentes políticos de las nuevas izquierdas, sea estas viejas o de reciente creación, dirigidas todas ellas por personas de clase media. Se habla otra vez de clase obrera, para justificar el crecimiento de la extrema derecha: A Trump le ha votado la clase obrera del cinturón de óxido. Los barrios obreros de Francia votan a Marine Le Pen, o al candidato de extrema derecha de Austria le votó la clase obrera de pueblos industriales.

Para mí todo esto no es sino la demostración del clasismo anti-obrero de muchas y muchos progresistas. Se piensa que con filantropía se va a ganar el aprecio y el voto de personas que ven como sus sueldos disminuyen, cierran sus fábricas, minas o talleres y no obtienen empleo alternativo, ni diferente. En cualquier caso sus hijas e hijos se ven obligados a trabajar de sol de sol como cajeras o reponedores de grandes superficies; como camareras/os de comida basura o sirviendo las terrazas que se han adueñado de nuestras plazas y aceras con total descaro y poca vergüenza.O como son teleoperadores que trabajan en casa ya no se relacionan con otros iguales.Todo ello por menos de la mitad (proporcionalmente) de lo que a su edad ganaban sus madres y padres en fábricas, minas, tiendas u oficinas y por supuesto sin los derechos sociales y laborales que sus abuelos conquistaron. Esa gente sin futuro, que ya no es clase, sino gente.Ya no vota en demasiadas ocasiones, a una izquierda que no les garantiza nada de nada y encima les ignora –generalmente claro. No siempre- y que para mayor abundamiento, ya no hace ninguna labor pedagógica con ellos, ni les pregunta por sus miedos y que piensan ellas y ellos realmente de las cosas. Por eso la extrema derecha que sí sabe cuáles son sus temores los azuza, fabrica enemigos y les manipula obteniendo sus votos.

En España también. En este caso el PP, sí, el PP obtiene ya muchos votos en pueblos y barrios humildes. El PP no se desgasta, si no lo hace la izquierda –por ahora, claro- lo que nos daría que reflexionar.

La clase obrera basó lo éxitos de la izquierda, socialista fundamentalmente, durante el siglo XX, en que se preocupó de sus problemas reales. Se creó una identidad de clase y cultivó y consiguió la solidaridad de las y los iguales en lucha contra los otros, los capitalistas y sus “capataces”. La identidad no era la patria, era la clase y eso fue lo que consiguió desde revoluciones hasta el estado social o la democracia formal, pero con bienestar.

Ahora cuando la clase trabajadora más explotada está y los sueldos y derechos son mucho peores que hace treinta años, la conciencia de clase está por los suelos. Porque el neoliberalismo ha vencido la batalla cultural. Ante él “todos son iguales”, solo la derecha vence.

Por eso el descreimiento, fruto de traiciones y cobardías intrínsecas de las izquierdas, pero fomentado por los medios culturales del capital, de las grandes empresas capitalistas que monopolizan la información y el ocio ha contagiado a la izquierda cainita y engreída de clase media. Las propias personas indignadas e insumisas han favorecido en ocasiones y sin querer, la gran operación de la derecha y el capitalismo, propiciando la anti-política y la negativa a la politización de las reivindicaciones.

Las personas de clase trabajadora tienen cincuenta años como poco. Los demás son gente, ciudadanos o indignados –así nos va- y lo siento mucho, pero Occupy Wall Street no ha podido frenar el triunfo de Trump, ni el 15M el de Rajoy(a pesar de las virtudes socio-culturales de ambos).

Sí pudo haber frenado a Trump, Sanders ¿Por qué? Pues porque él sí se ocupó de la clase obrera. Su campaña giró en gran parte en torno a la reivindicación de 15$ hora el salario mínimo y recibió el apoyo explícito de numerosos sindicatos. Los jóvenes sin derechos le apoyaron y nunca negó, al revés lo afirmó, que era socialista. Reivindicó el socialismo democrático en los EE.UU, ahí es nada. Por eso el establishment se lo cargó haciendo trampas para apoyar a una señorita que fue derrotada.

No es cuestión de ser antiguo o de estar demodé, eso es demagogia barata populista. O estar en otro tiempo, como si el capitalismo y la reacción no fueran más viejos que el “andar palante”. Es cuestión de sin miedo y sin pelos en la lengua comenzar a llamar las cosas por su nombre y atrevernos a enmendar la situación. Mientras el mercado tratará de desprestigiarnos, pero eso va de suyo. Hemos retrocedido tanto en derechos y en democracia que ahora la socialdemocracia coherente resulta revolucionaria y además las directivas y/o reglamentos y tratados de la Unión Europea no solo le prohíben aplicar sus medidas de reparto y defensa de lo público, sino que la han declarado de facto, ilegal.

Es el momento de volver a construir el partido de los trabajadores y trabajadoras, hace mucha falta. El partido obrero como le gustaba decir a Pablo Iglesias y decirle a tanta gente joven, incluso universitaria, que no se dejen engañar, no son sino jornaleros otra vez, como sus abuelos. Por tanto que vuelvan a luchar como sus abuelos. Hemos retrocedido sociolaboralmente al siglo XIX, solo que esta vez el capitalismo, tiene más herramientas.

Politólogo y sociólogo

Co-primer secretario de Alternativa Socialista

(fue metalúrgico y portuario)

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