Neoliberalismo, disfraz del capitalismo salvaje

29 mayo 2018 | Categorías: EE.UU., Internacional, Mercados Financieros, Opinión | |

Víctor Flores OleaLa Jornada

En los debates de los candidatos presidenciales se han perfilado claramente las líneas de la polémica principal, o del desacuerdo de sustancia entre los mismos: la oposición de dos visiones del mundo que son irreconciliables y que pareciera que no hay manera de hacerlas compatibles, sino que, al contrario, se muestran como absolutamente excluyentes y antagónicas.

Hablamos, como muchos habrán entendido, del neoliberalismo y de una visión del mundo socializante y humanista. En un caso se trata de una visión capitalista a ultranza que ha causado las crisis que hemos conocido en nuestro tiempo de vida, y que, desde todos los ángulos, se muestra como matriz principal del fracaso y de la encrucijada en que se ahogan las sociedades actuales. Por ello planteamos esta dicotomía como algo fundamental en la historia presente del país (y del mundo), como una contradicción de vida o muerte que está discutiéndose en México para las elecciones del primero de julio, de lo cual depende en buena medida la historia futura y probablemente la vida misma del país.

Un autor tan inteligente como Noam Chomsky dijo recientemente que el capitalismo se enmascara con frecuencia como democracia, pero que su objetivo claro era el de socializar costos y privatizar las ganancias, defendiendo invariablemente los privilegios de la cada vez más reducida minoría rica, con consecuencias cada vez más desastrosas para las mayorías pobres y para el propio planeta. Hace ya 40 años que el neoliberalismo, de la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, asaltó el mundo. Y eso ha tenido un efecto tremendamente negativo para las mayorías populares en todas partes, especialmente en América Latina.

En las crisis de hoy, sostuvo Chomsky, algunos aspectos son de mayor prioridad, por la simple razón expresada por Adam Smith de que los principales arquitectos de las políticas aseguran que sus propios intereses sean los que imperen, sin importar los costos. Chomsky, como siempre, ofreció ejemplos documentando la historia. Habló de la historia de Haití, desde los franceses y la invasión estadounidense de Woodrow Wilson, hasta el manejo que hizo Washington del desafío de Jean Bertrand Aristide, tanto para el republicano George Bush (padre) como para el demócrata Bill Clinton, imponiendo el modelo neoliberal, con el resultado inevitable de destruir la soberanía económica del país, el cual ahora está en las primeras filas de la crisis alimentaria.

Pero esa historia se repite de manera semejante en muchas partes del mundo, indicó también Chomsky, señalando a Bangladesh y a otros países de Asia que han sufrido la misma imposición. Sobre América Latina dijo que el capital trasnacional sigue invirtiendo para robar la riqueza y los gobiernos actuales no han logrado cambiar eso, agregó Chomsky al hablar en la sede del gobierno municipal de la capital uruguaya. Culpó a las corporaciones en Estados Unidos y en América Latina de provocar serias amenazas para la seguridad mundial. Puso de ejemplo las armas nucleares y la catástrofe del ambiente como dos principales desafíos a la seguridad en el mundo, y criticó el papel de Washington en ambas crisis globales.

Recordó que los países latinoamericanos que han he­cho esfuerzos serios para superar esa situación, han contado invariablemente con una muy importante base popular, pero la mayoría de las veces han tenido un éxito moderado. En América Latina el capital trasnacional sigue invirtiendo para robar la riqueza y los gobiernos actuales no han logrado cambiar la situación, principalmente porque Estados Unidos ha frenado sus propósitos políticos. Recordó que esta región tiene grandes riquezas que sólo han servido para enriquecer a un pequeño sector de la sociedad y a las empresas multinacionales.

El filósofo aseguró que para protegerse de las políticas neoliberales, América Latina necesita impulsar una democracia funcional, en que sean los ciudadanos quienes decidan auténticamente y no una minoría rapaz de hombres y mujeres ricos, que es la gran distorsión que sufrió la democracia a lo largo del siglo XX, prácticamente en todo el mundo.

Vale la pena decir que la mayor parte de las reflexiones de Chomsky, que nos hemos permitido reproducir aquí, tuvieron lugar ante unas mil 500 personas, desde el podio famoso de la iglesia Riverside, en Nueva York, –el mismo en que Martin Luther King Jr. ofreció su histórico discurso de 1967 contra la guerra de Vietnam y el sistema imperial estadounidense– y desde el cual se ha escuchado también a Nelson Mandela, y más recientemente a Arundhati Roy.

En su exposición Chomsky resaltó en todo momento la resistencia popular para enfrentar el proyecto de las élites, y subrayó que las rebeliones de los años 60 tuvieron un alto efecto civilizador. Agregó que siempre se han lanzado ataques de la élite contra la democracia y que el modelo de libre mercado corporativo permanece como el obstáculo mayor a la eficiencia y a la toma racional y democrática de las decisiones. En consecuencia, no hay razón para permanecer pasivos. ¿Por qué no ocupar una planta [en referencia a los recortes de General Motors que hubo hace relativamente poco tiempo] para convertirla en centro de producción del transporte masivo? No es un planteamiento exótico. Que los trabajadores controlen sus plantas es típicamente estadounidense.

Resaltó la importancia de la resistencia popular para enfrentar el proyecto de las élites. Agregó que siempre se han lanzado ataques de la élite contra la democracia y que el modelo de libre mercado corporativo permanece como el obstáculo a la eficiencia y a la toma racional de decisiones. Superar el déficit democrático y promover una sociedad democrática que funcione en realidad es hoy la tarea fundamental. Entre las claves para lograrlo identificó la renovación de los sindicatos, la lucha educativa y cultural y lo necesario para desmantelar el edificio de ilusiones por la minoría que gobierna en las llamadas democracias formales. La crisis fundamental hoy día, resumió, es tal vez la del déficit democrático, esa inmensa brecha que existe entre las necesidades de las grandes mayorías y las políticas de los gobernantes. Actualizar y renovar la democracia hoy tal vez sea la tarea ­fundamental…

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