El fascismo financiero y la irreformabilidad del sistema (I): Miscelánea histórica

14 julio 2018 | Categorías: Internacional, Mercados Financieros, Opinión | |

Alfredo Apilánez - trampantojos y embelecos

Introducción

Un sistema que, cuando no tiene problemas, excluye de una vida digna a la mitad del planeta y que soluciona los que tiene amenazando a la otra mitad, funciona sin duda perfectamente, grandiosamente, con recursos y fuerzas sin precedentes, pero se parece más a un virus que a una sociedad. Puede preocuparnos que el virus tenga problemas para reproducirse o podemos pensar, más bien, que el virus es precisamente nuestro problema. El problema no es la crisis del capitalismo, no, sino el capitalismo mismo. Y el problema es que esta crisis reveladora, potencialmente aprovechable para la emancipación, alcanza a una población sin conciencia y a una izquierda sin una alternativa elaborada”. Santiago Alba Rico

Quizás no haya ningún ámbito de la realidad social donde sea mayor el desconocimiento existente sobre los procesos que inciden en la vida de la gente que en todo lo relacionado con las finanzas modernas. Podríamos decir que hay una relación inversamente proporcional entre la relevancia de los formidables efectos que producen sobre la vida cotidiana de las personas y el conocimiento que se tiene del funcionamiento de esos mecanismos: no entendemos las fuerzas que mueven el mundo en el que vivimos. El papel de la banca en la planificación de la actividad económica, el funcionamiento de los omnipotentes mercados financieros, la teoría económica con mando en plaza en todas las plataformas mediáticas y cátedras académicas y los resortes ocultos de las políticas austericidas neoliberales son incomprensibles para la mayor parte de la población, directamente afectada  por sus efectos. Todo ello dista mucho de ser casual. La incomprensión de los mecanismos a través de los cuales se ejerce el poder social efectivo es perfectamente funcional a la docilidad y la alienación que propician el alejamiento de las clases populares de la peligrosa tentación del antagonismo. Las reglas que rigen el poder real son ajenas a cualquier control mínimamente democrático.

Pero es precisamente esta colosal e inducida ignorancia la que facilita la difusión de la errónea creencia de que los pilares de la política económica neoliberal son absurdos o malévolos, causando un sufrimiento innecesario que sería fácil de revertir a través de políticas sensatas desarrolladas por fuerzas razonablemente progresistas. ¿Cuántas veces escuchamos la cantinela de la necesidad de acabar con la austeridad o con los abusos de los fondos buitre, esos desalmados especuladores que atentan contra el derecho a la vivienda, como si fuera posible modificar sustancialmente las despiadadas reglas del juego del sistema capitalista a través de cambios legislativos o de reformas gradualistas? Sin embargo, lo cierto es que semejante entramado de “crueldad” y de sufrimiento humano es esencial para mantener la rentabilidad del capital, que es al fin y al cabo lo que cuenta en el reino de la mercancía.

La gran novedad respecto a épocas anteriores es la amputación de la posibilidad de intervención, al menos en el corazón del sistema, por parte de los poderes públicos representantes de la soberanía popular. Sobran los ejemplos ilustrativos de cómo las palancas “técnicas” a través de las que el estado burgués podía atenuar el embate del capital (destacadamente, la política fiscal redistributiva de tipo keynesiano financiada a través del banco central público) han sido cercenadas por la ofensiva neoliberal. He aquí, en la probada impotencia de los representantes del pueblo soberano para resistir los ataques crecientes contra las condiciones de vida de la clase trabajadora, la prueba de la hegemonía del fascismo social, que ejerce su poder destacadamente en el ámbito de las finanzas globales. La conclusión lógica de cara a las vías de acción política de las clases populares es contundente: si el sistema es irreformable por la vía legal-institucional, la insistencia en esta vía por parte de las llamadas fuerzas del cambio y los movimientos sociales reformistas sólo puede producir desánimo y frustración ante la impotencia de realizar transformaciones de calado respetando las reglas del juego. El viejo reformismo, mil veces fracasado, con su utópica ilusión de alcanzar un capitalismo con rostro humano, para paliar con microavances el desastre en ciernes, no sería pues más que un freno a las auténticas aspiraciones emancipatorias. ¿Existen otras vías?

Como cierre de esta pequeña introducción voy a hacer una aproximación al concepto de fascismo financiero, entendido como una de las formas del fascismo social, desarrollado por el escritor y sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos: “Todas las formas de fascismo social son formas infra-políticas, no son parte del sistema político, que es formalmente democrático, pero condicionan las formas de vida de los que están abajo a través de desigualdades de poder que no son democráticas, que son inmensas y permiten que los grupos que tienen poder obtengan un derecho de veto sobre las oportunidades de vida de quienes están más abajo. Hasta ahora, políticamente, las sociedades son democráticas. Hay libertad de expresión, relativa pero existe. Hay elecciones libres, por así decirlo, con toda la manipulación. Pero los asuntos de los que depende la vida de la gente están cada vez más sustraídos al juego democrático. El mejor ejemplo es el fascismo financiero. El fascismo financiero tiene una característica especial: permite salir del juego democrático para tener más poder sobre el mismo. O sea, alguien con muchísimo dinero o una gran multinacional, puede ponerlo en un paraíso fiscal. De este modo sale del juego democrático de los impuestos, pero al salir se queda con más dinero y más poder para poder influenciarlo y además darles consejos a los ciudadanos de que no deben gastar tanto, que están viviendo por encima de sus posibilidades, que el Estado está aumentando peligrosamente el déficit, precisamente porque no está siendo financiado con los impuestos que podría recibir si esta plata estuviera en el país. Se crea una corrupción de la democracia: los que huyen de las reglas democráticas son los que se quedan con más poder para imponer las reglas democráticas a los otros. Esa es la perversidad del fascismo financiero. Las siete economías más ricas del mundo son paraísos fiscales, auténticos pozos sin fondo de los flujos financieros del capital global, y su ingreso per cápita entre el inicio de la desregulación neoliberal en 1980 y el 2015 creció más que para el resto del mundo.

Comenzaré con una serie de ejemplos históricos que sirven de botones de muestra del fascismo financiero.

A continuación, describiré los instrumentos a través de los cuales se ejerce el fascismo financiero. Su origen histórico, las instituciones que lo simbolizan, la teoría económica basura que lo legitima y algunas de las profundas transformaciones sociales que provoca.

Y para finalizar unos breves apuntes sobre las enormes consecuencias para la lucha política y el activismo social que resultan de esta configuración de poder

1) Miscelánea histórica de fascismo financiero

1A) Las dictaduras militares del cono Sur. “Haced gritar a la economía”

Podríamos decir que el primer experimento de aplicación del potro de tortura neoliberal fue la política desarrollada por el gobierno chileno de Pinochet tras el golpe de estado contra Allende en 1973. El objetivo habitual en otras fases del imperialismo de extirpar de raíz el mal ejemplo de un gobierno progresista y antiimperialista se combina por primera vez con la aplicación del tratamiento de choque neoliberal.

Los documentos desclasificados de la CIA revelan diálogos en los días posteriores al triunfo electoral de Allende de 1970, en los que Nixon le comunica al secretario de Estado Henry Kissinger que hay que hacer aullar a la economía chilena” mediante sabotajes y todo tipo de mecanismos de guerra económica. Una vez consumado el golpe militar, los encargados de desarrollar el experimento que iba a tener como cobaya a la sociedad chilena fueron los Chicago Boys de Milton Friedman, el arquitecto intelectual de la ofensiva del monetarismo neoliberal.

Su ilustre colega y fundador de la sociedad MontPelerin  -cuna del pensamiento neoliberal anti WelfareState de la posguerra-  Hayek, quien tenía al menos el don de la franqueza, declaró en 1981 a un periódico chileno: “Mi preferencia personal va a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde el liberalismo está ausente”. Friedman expresó, con más cinismo que Hayek, el objetivo real de la nueva receta de política económica: “A pesar de mi profundo desacuerdo con el sistema político autoritario de Chile, no considero pecaminoso para un economista proporcionar consejo económico técnico al gobierno chileno, más de lo que consideraría pecaminoso para un médico entregar asesoría técnica al gobierno para contribuir a poner término a una plaga”.

Como botón de muestra de los procedimientos de aplicación del tratamiento de choque de los cachorros de Friedman valga la respuesta que recibió, de un coronel empleado en el ministerio de economía, un patrón de una pequeña fábrica que solicitaba  un crédito al gobierno militar para pagar los salarios: “dígales a los obreros que vendan los televisores que su querido Allende les regaló. Y si esto no les satisface, fusilaremos a unos cuantos y ya verá cómo obedecerán”.

“Han pasado tres años desde que el experimento comenzó en Chile y existe suficiente información para concluir que los discípulos de Friedman fracasaron – al menos en sus objetivos macroeconómicos explícitos- y particularmente en sus tentativas de controlar la inflación. Pero han tenido éxito en su propósito más general: asegurar el poder político y económico de una pequeña clase dominante mediante una transferencia masiva de riqueza de las clases bajas y medias a un selecto grupo de monopolistas y especuladores financieros”. La cita anterior está extraída de la ‘Carta abierta a la escuela de economía de Chicago a propósito de su intervención en Chile. Capitalismo y genocidio económico’ del economista chileno, antiguo discípulo de Friedman en Chicago, André Gunder Frank

El paquetazo neoliberal resultante, esparcido a los cuatro vientos por el “brazo ejecutor” del neoliberalismo, el FMI, extendió por doquier las despiadadas políticas de “ajuste estructural” que allanaron el camino del fascismo financiero.

En otra carta, redactada magistralmente por el escritor argentino Rodolfo Walsh, asesinado inmediatamente después de la publicación de la misma, se resume el idéntico contenido del tratamiento de choque administrado por la sanguinaria junta militar argentina tras el sangriento golpe de 1976.

“En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40 %, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30 %, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales. Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord. Han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificado de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron”

Lo que este “potro de tortura” económico ha supuesto para sus víctimas en el Tercer Mundo lo expresa DavisonBudhoo, ejecutivo “arrepentido” del FMI, cómplice necesario de los ajustes duros en Chile y Argentina que, en su carta de renuncia a su jefe, describe así su honorable tarea: “Para mí, esta dimisión es una liberación inestimable, porque con ella he dado el primer gran paso hacia ese lugar en el que algún día espero poder lavarme las manos de lo que, en mi opinión, es la sangre de millones de personas pobres y hambrientas. […]; tengo la sensación de que no hay jabón en el mundo que me pueda limpiar de las cosas que hice en su nombre”.

Quiero mencionar estos ejemplos, aparentemente tan lejanos, para resaltar las similitudes –salvando las distancias- entre las políticas económicas que actualmente se desarrollan en el mundo “rico” y las que sufrieron en sus carnes los pueblos del cono sur en los años 70.

1B) Primer Mundo: La bancarrota del reformismo socialdemócrata.

En todos los relatos habituales sobre los orígenes de las políticas neoliberales aparecen siempre los gobiernos de Thatcher y Reagan, a principios de los 80, como ejemplos paradigmáticos de la aplicación de las nuevas recetas de política económica. Sin embargo, lo realmente novedoso no es que la derecha aplique la política del capital sino que lo haga la izquierda socialdemócrata renunciando a su adn redistributivo y de mayor justicia social.

1B1) Francia, 1981. La palinodia de Mitterrand

“Hemos comenzado la verdadera ruptura con el capitalismo”, declaró eufórico Mitterrand tras su sonora victoria electoral. Las promesas electorales se convirtieron en leyes: los trabajadores franceses consiguieron una quinta semana de vacaciones pagadas, la edad de jubilación se rebajó, la jornada laboral se redujo, se restringió el despido, aumentaron el salario mínimo y los subsidios dirigidos a las familias más pobres, Se implantó un impuesto a las grandes fortunas y un proyecto de renta básica, el Estado contrató a cientos de miles de funcionarios y, en lo que fue la medida estrella, el Ejecutivo nacionalizó más de 30 bancos, compañías de seguros e industrias estratégicas del país.

Los bazokas de las finanzas globales se aprestaron a sabotear el experimento reformista y a darle una lección de real politik al peligroso radical, nostálgico de la grandeur. En el verano del 82 todos los indicadores económicos se pusieron en rojo. El franco –siguiendo el modus operandi habitual en estos casos- era objeto del ataque desaforado de los financistas y entraba en caída libre. EL paro y la inflación estaban por las nubes. Las tensiones en el gobierno se dispararon. La izquierda socialista y los comunistas querían que Francia abandonara los límites de cambio fijados por el Sistema Monetario Europeo -el embrión del euro-, así el franco podría flotar libremente y el Gobierno continuar con sus políticas económicas expansivas. El ministro de Economía Jacques Delors –futuro presidente de la Comisión Europea– se oponía frontalmente. Si Francia salía del SME, el franco caería por los suelos y el Gobierno se vería obligado a pedir un humillante rescate al FMI. ¿Adivináis quién se llevó el gato al agua? Un año después del glorioso triunfo electoral, en junio del 82, “El Elíseo aprobó su primer programa de austeridad: congelación durante cuatro meses de precios y salarios, limitación del déficit presupuestario al 3% y compromiso de reducir la inflación por debajo del 8%. Aunque el Ejecutivo no quería admitir el cambio de dirección y la palabra ‘austeridad’ era tabú”, lo cierto es que la durísima presión de Alemania y de los mercados obligó a Francia a permanecer en el SME y a seguir disciplinadamente la agenda neoliberal. A los dos años de su presidencia, Mitterrand consumaba un giro radical. Como sentencia, premonitoriamente, el personaje de Mitterrand en la película biográfica ‘Presidente Mitterrand’: “Soy el último de los grandes presidentes. Después de mí solo vendrán contables”. ¡Cuánta razón tenía!

Un año después, el primer gobierno de Felipe González ni siquiera hizo ademán de desarrollar tímidas políticas de reformas socialdemócratas y lo único que nacionalizó el neoliberal ministro de economía Miguel Boyer fue la esperpéntica y catastrófica Rumasa. Al contrario, el “gobierno del cambio” fue desde el principio un fiel cumplidor de la nueva agenda neoliberal embarcándose en la brutal reconversión industrial, en la flexibilización del mercado laboral y en las privatizaciones de los monopolios públicos a mayor gloria de la libertad de mercado.

¿Han cambiado las cosas en treinta años de neoliberalismo? Veamos cómo el BCE y la infausta Troika cumplen la misma función en el Primer Mundo que los Chicago Boys en las dictaduras del Cono Sur: la aplicación del potro de tortura neoliberal con métodos típicos del fascismo financiero.

1B2) Zapatero con cara de suicida. España, mayo 2010.

Ante el embate de la brutal crisis de 2008 la reacción del progresista gobierno de Zapatero fue tímidamente socialdemócrata: el Plan E (2008) y el ‘cheque bebé’ estaban inspirados en las directrices de la corriente económica keynesiana, de estímulo económico de la demanda a través del gasto público para combatir el desempleo galopante. No tardó en recibir una dura lección. En pleno colapso de la colosal burbuja inmobiliaria y ante el ataque desaforado de los “mercados” en la crisis de la prima de riesgo, la inacción intencionada del BCE, al dejar la deuda pública soberana a los pies de los tiburones de las finanzas globales, obliga a Zapatero a claudicar y a imponer los mayores recortes en gasto social de la democracia. Con cara de suicida, como lo describía el magnífico escritor Rafael Chirbes, anunció que iba  a pedir ‘un gran esfuerzo a todos los ciudadanos’. La medida, tan dolorosa e impopular, le provoca “desgarro interior”, según cuenta uno de los colaboradores. Si tanto desgarro le produce, ¿por qué no dimite? Esta reiterada actitud de aguantar el chaparrón común a los líderes de la socialdemocracia y de la llamada nueva izquierda –por un mal entendido sentido de la responsabilidad y del servicio al país- es un fallo pedagógico gravísimo. En lugar de denunciar las intolerables presiones y abandonar el barco, Zapatero, alias ‘Bambi’, se limitó a reconocer patéticamente quién gobernaba en realidad la democracia española: “estábamos en manos del BCE”.

Un año después se consuma la rendición: la frase inicial de la carta-ultimatum (estrictamente confidencial) que dirige el presidente del BCE a Zapatero es un ejemplo extraordinario de los métodos del fascismo financiero y del papel de comparsas reservado a las instituciones soberanas del Estado-nación: “el consejo gobernante (del BCE) considera que para España la acción enérgica y apremiante de las autoridades es esencial para restaurar la credibilidad de la firma soberana en los mercados de capitales”. Dicho sea de paso, ¿la sagrada independencia del BCE sólo rige para evitar presiones de los gobiernos pero no a la inversa? ¿Qué legitimidad tiene el presidente del Banco Central –un cargo técnico y no político- para dirigirse con esas ínfulas a un mandatario soberano? Sin embargo, aún no bastaba con la batería de medidas antisociales para aplacar al guardián del euro. Había que consumar el golpe –abriendo el parlamento en pleno mes de agosto-a la soberanía popular con la reforma constitucional del artículo 135, para garantizar la estabilidad presupuestaria y el pago de la deuda. El artículo reformado es una oda  a la sumisión absoluta de las cuentas del Estado a la dictadura de la ‘renta financiera’: “Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta”. El hecho de que haya sido un gobierno socialista el que se ha plegado a esta exigencia de reforma constitucional no hace sino confirmar el carácter fascistizante de la ideología neoliberal.

1b3) Grecia y la bancarrota de la ‘nueva izquierda radical’. Junio 2015

Tras años de políticas ‘austericidas’, que causaban el brutal empobrecimiento de los sectores más débiles de la población, y de sufrir la humillación de ser gobernados por la Troika, a través de gobiernos títeres de los viejos partidos de la casta, los griegos votaron por la coalición de la izquierda radical de Syriza, con la promesa de acabar con los formidables recortes y renegociar los durísimos términos del llamado “rescate”, tratamiento de choque neoliberal a la griega. Había que darles una lección a los parásitos (Grecia, junto con Portugal, Italia y España, formaba parte de los PIGS) del sur de la vieja Europa por elegir a populistas. Varoufakis, el mediático ministro de finanzas del nuevo gobierno del cambio, relata la siguiente conversación, en el seno del Eurogrupo, con el ministro de finanzas alemán. Varoufakis defendía la urgente necesidad de atenuar la dureza de las medidas económicas impuestas por la Troika con la legitimidad popular adquirida por el nuevo gobierno tras su contundente triunfo electoral. Tenemos que creer la versión de Varoufakis ya que las reuniones del Eurogrupo son secretas. El ministro de Finanzas de Alemania, herrSchauble, inmediatamente intervino: “Las elecciones no pueden cambiar nada”, dijo. “Si cada vez que hay una elección las reglas cambian, la zona euro no podría funcionar”. A lo cuál Varoufakis, con tono amargamente sarcástico, contestó: “Si es cierto que las elecciones no pueden cambiar nada, debemos ser honestos con nuestros ciudadanos y decírselo. Tal vez deberíamos modificar los Tratados europeos e insertar en ellos una cláusula que suspenda el proceso democrático en los países obligados a pedir prestado a la Troika y a aplicar planes de ajuste estructural. ¿Por qué debemos someter a nuestro pueblo a unos caros rituales electorales si las elecciones no pueden cambiar nada?

La sentencia de muerte para la democracia griega se produjo unos días después: a pesar de la rotunda victoria en el referéndum del rechazo a las condiciones durísimas impuestas en el mal llamado rescate, el primer ministro Tsipras–con cara de suicida, como Zapatero-, ignorando soberanamente la voluntad popular, aceptó el humillante tratamiento de choque en medio de un clima de golpe financiero perpetrado por el BCE al provocar el dramático corralito causado por el cierre de la banca griega. Misión cumplida.

 

Blog del autor: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com

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