“Economía feminista, sin eufemismos, para articular transiciones justas”. Carmen Castro

13 julio 2019 | Categorías: feminismo, Opinión | |

En la era de los eufemismos, las trampas neoliberales avanzan cada vez con mayores dosis de misoginia institucionalizada y edulcorada por la parafernalia del mercado. Las mujeres del norte y del sur global, en cualquiera de las fases del ciclo vital, se han visto relegadas a ser un mero instrumento para satisfacer las necesidades de reproducción social y del propio proceso de acumulación capitalista

Carmen Castro García
eldiario

La urgencia de las transiciones ecosociales se anuncia con cada evidencia científica de los grandes cambios que ya están en marcha: el ecológico, con el colapso del planeta en ciernes; el demográfico, con el proceso acelerado de envejecimiento; y el tecnológico, con el proceso de robotización y la digitalización de la economía. Todos ellos van mostrando ya realidades distorsionadas que auguran un futuro escasamente deseable para gran parte de la población. No es casual que las primeras emergencias conduzcan al abordaje de los cuidados como una necesidad social y a la redistribución de tiempos, trabajos y rentas desde criterios de justicia de género, social y medioambiental.

El discurso sobre la necesidad de articular la agenda en torno a la sostenibilidad de la vida (tanto de los ecosistemas como de las personas) ha ido sumando voces, a veces incluso a riesgo de su banalización; por ello, creo que es importante poder llegar a atisbar el bosque en su conjunto, desmontando para ello los relatos en los que no es posible identificar de qué vida hablamos, a quién afecta, en qué condiciones y a cambio de qué. En la era de los eufemismos, las trampas neoliberales avanzan cada vez con mayores dosis de misoginia institucionalizada y edulcorada por la parafernalia de los mercados. Sin embargo, no son tiempos para medias tintas. Jugar actualmente a la ambigüedad conceptual, si bien puede ser una táctica para conseguir un determinado rédito electoral, es muy discutible que dicha práctica pueda identificarse como un ejercicio honesto de compromiso real con la transformación social. Esto viene a cuento también por el hecho de cómo a veces se elude nombrar a la economía feminista aún a costa de perder lo que se quería comunicar y de que sea su propia particularidad crítica, la feminista, la que da sentido y coherencia a las transiciones económicas que propone.

Y es que la economía feminista aboga por el sostenimiento de una vida digna para todas las personas, desde la igualdad de género, en una amplia dimensión en la que confluyen diversidades sexuales, de identidades, raciales y procedencias en un sistema relacional de interdependencia que busca reconciliarse con la naturaleza, de manera inaplazable, sabiendo que el momento es ya. Hablamos de la vida atravesada por las desigualdades estructurales y de la necesidad de posibilitar escenarios de justicia redistributiva, garantizando condiciones dignas para las mayorías sociales, esto es, alimentos, educación, salud, vivienda, tiempo para una misma, tiempo social, corresponsabilidad en los cuidados, etc. Hablamos de equilibrios y de autonomía relacional, hablamos de plenitud a lo largo del ciclo de vida, hablamos de repensarnos y construirnos desde otro paradigma, desmontando las asimetrías jerárquicas existentes por cuestión de género. Hablamos de subvertir el (des)orden patriarcal y neoliberal. Hablamos de la vida en común, de la colectividad, de la empatía social, invitando a repensarlo y reconfigurarlo todo a través de un proyecto ético para la transformación social, por el que nos replanteemos qué producimos, en qué condiciones, a cambio de qué y sobre todo, qué necesitamos realmente para vivir bien.

Economistas feministas como Lourdes Benería han documentado la evolución, desde la segunda mitad del siglo XX, de esta corriente heterodoxa de la economía, en cinco grandes ámbitos de politización: la visibilización y denuncia de las desigualdades de género en sus múltiples aspectos socioeconómicos; la crítica a la economía ortodoxa, conectada con el capitalismo neoliberal; las cuestiones de género conectadas con el desarrollo y la globalización; la conformación de una visión alternativa de la economía; y la participación en el diseño y formulación de alternativas al sistema económico dominante desde un fuerte compromiso con el ecologismo.

Desde esta amplitud de miras, cabe preguntarse por qué aún se evita mencionar la economía feminista como eje de las transiciones económicas para el cambio de modelo de sociedad. Cómo en el actual emerger de la nueva ola feminista de principios del siglo XXI aún predominan los eufemismos y conceptos pseudolíquidos desde determinados sectores progresistas. Y no, no me ha dado un ataque de candidez.

Uno de los cometidos de mayor relevancia de la economía feminista ha sido poner en cuestión la base sobre la que se establecen los sesgos de género y el reparto desigual del poder, de expectativas, funciones, valor social y económico que alienta: lo que no se nombra no existe, lo que no se valora no ‘cuenta’ y lo que no se cuantifica no se remunera. Con ello, lo que se ha mostrado es la deuda histórica que este sistema acumula con más de la mitad de la población. Las mujeres del norte y del sur global, en cualquiera de las fases del ciclo vital, se han visto relegadas a ser un mero instrumento para satisfacer las necesidades de reproducción social y del propio proceso de acumulación capitalista.

De ahí la necesidad de poner en primer término el debate sobre la reorganización social de los cuidados. A este respecto, y como parte de la estrategia feminista de abordaje de los cuidados hay 4 movimientos transformadores implícitos que convendría tener en cuenta: desmercantilizar, garantizando que los cuidados a lo largo del ciclo vital quedan fuera de los procesos de acumulación capitalista; desfamiliarizar, lo que quiere decir ubicar la responsabilidad de su provisión fuera de los hogares; desnaturalizar, esto es, desmontar su asignación al ‘orden natural’ y asumir su responsabilidad como parte del aprendizaje social, y despatriarcalizarponiendo fin al pacto sexual por el que se ha garantizado el ‘monopolio masculino del poder’ sobre el cuerpo y tiempo de las mujeres. Este amplio movimiento debería tender a relocalizar los cuidados, de manera que la sociedad asuma explícitamente la responsabilidad pública y colectiva de atender las necesidades que plantea su provisión.

Es por ello que sostengo la legitimidad de la economía feminista, así, sin eufemismos, para articular transiciones justas hacia el necesario cambio de modelo de sociedad. Les invito a que lo hagan suyo también y/o que sigan la pista al VI Congreso de Economía Feminista de la Universitat de València, en el que tendrán cabida los ejes temáticos de mayor relevancia para la economía feminista (cuidados, ecofeminismo), la conformación de instrumentos aplicables a través de las políticas públicas (fiscalidad, presupuestos con enfoque de género), la definición de modelos de gobernanza feminista y gestión de lo común, y la articulación de resistencias feministas ante la beligerancia neoliberal. Un buen punto de encuentro para repensar y rediseñar las políticas económicas desde el paradigma feminista y transiciones justas con la vida.

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